martes, 18 de febrero de 2014

Revisando la Historia: El francés Raulet se toma Cuenca.

Vista panorámica de Girón y los campos del Portete



“No ofreciendo Oña seguridad alguna, Raulet se replegó a Saraguro y en la marcha se involucraron 50 hombres del batallón auxiliar de Cuenca, con sus Comandantes, D. Felipe y D. Manuel Serrano”.

“La Mar invadió el Ecuador contando con el apoyo de Obando, cuyo levantamiento (en Pasto) lo anunció “La Prensa” de Lima un día antes de que tuviera lugar. En una de sus proclamas alentaba a sus tropas con estas palabras: ‘El poderoso Perú marcha triunfante sobre ese ejército de miserables”.

“Nuestro ejército se componía de 7 batallones, dos escuadrones, algunas mitades más de Caballería y una brigada de Artillería. Total 4500 hombres. La Mar estableció su cuartel general en Gonzanamá (26 de Dic.). Luego pasó a Loja donde resolvió esperar a Gamarra”. (Historia del Perú Independiente). “Gamarra llegó con poco más de 3000 soldados a engrosar las filas de La Mar”. (Historia del General Salaverry. Pág. 64. Manuel Bilbao. Lima, 1853).

“El 13 de enero volvió a destacar a Raulet (francés) al norte con dos Compañías, con las que avanzó hasta El Tablón. El 7 de febrero se propuso Raulet dar un golpe de mano sobre Cuenca haciendo un movimiento rápido por Yunguilla y Girón. La ciudad estaba guarnecida por 400 hombres al mando del Coronel González. Con la mitad de ese número atacó y tomó el 10, presos Gonzáles, el Comandante Federico Valencia, N. Garaicoa y 30 oficiales…Raulet quemó 1200 fusiles, se apoderó del parque, de pertrechos, municiones, útiles de guerra y de 1400 pesos. El 11 se movió a Sayausí, a dos leguas de Cuenca y de allí mandó los presos a Guayaquil, como ya he dicho en el tomo IV, pág. 234. Poco después emprendió su retirada por la derecha de Cuenca y se reunió al Ejército en San Fernando el 18 de febrero”. (Historia del Perú Independiente. Nemesio Vargas. Págs. 5 y 6. Lima).

Revisando la Historia: De la "Historia del Perú Independiente". Nemesio Vargas.

Sitio de Susudel.


El escritor peruano Nemesio Vargas, autor de la obra “Historia del Perú Independiente”, sobre la batalla del Portete dice: “De Tambo Grande La mar destacó al coronel Raulet con dos compañías de Infantería y un escuadrón de Caballería (23 de diciembre), con los que desalojó de Saraguro al Coronel Azero, con tal rapidez que le obligó a dejar su correspondencia privada y la oficial. Sucre le había ordenado a Urdaneta, y éste a sus subalternos, que al retirarse obrasen a lo tártaro, arrasando cuanto hubiere; pero aunque arrearon con algunos ganados y cegaron plantíos y sementeras, el ataque y la invasión fueron tan violentos e imprevistos que nuestro ejército pudo vivir perfectamente a costa del enemigo”.

“Con el refuerzo del Coronel Vidal avanzó Raulet a Oña, cinco leguas al norte de Saraguro, donde se había retirado Azero. El camino era escabroso, y viendo que no podía llegar antes del amanecer, hizo que se adelantara el Capitán Moreira con una Compañía y el Teniente Grados con una mitad de Húsares para sorprender a Brown que allí estaba con 100 del Rifles y Yaguachi y 60 de los escuadrones Cedeño y Granaderos a Caballo, lo que no resistieron y suspendieron la retirada a Nabón por la hacienda de Susudel. El Teniente Estrada corrió con su mitad por un callejón lateral para cortarles el paso pero a su vez fue detenido por una emboscada, que no desanimó al capitán Crespo para picar la retaguardia de Brown, matarle mucha gente y hacerle 7 prisioneros, escapando sólo la mitad por el puente de Cartagena. Perdimos 6 hombres y tuvimos 7 heridos, entre ellos el bravo Estrada”. 

Historia del Perú Independiente. 238 págs. Cap. I. Págs. 5-6. Lima, 1942. Fuentes: Boletines oficiales de la guerra con la Gran Colombia. Biografías de los Generales Castilla, Bermúdez, Necochea, Vivanco, Cerdeña, San Román, Miller.

Nota: Nemesio Vargas Valdivieso. Lima 1849-1921. Fue padre del sacerdote y también historiador Rubén Vargas Ugarte.

martes, 4 de febrero de 2014

Relatos de un caminante




Conversando con Dios en el Cajas

     El paseo arrancó en la población de Sayausí, Ecuador, a las doce de la noche. El grupo de alegres amigos inició la marcha con el apoyo de un hombre que con su acémila transportaba las mochilas de los cinco excursionistas. ¿Por qué íbamos a esa hora y para qué? Sólo cuatro lo sabían. Yo desconocía las intenciones y objetivos pero me mostraba animoso y dispuesto a la aventura.  En dos horas de camino a través de una ruta que parecía carretera llegamos a la casa de don Lizardo, él estaba durmiendo pero se levantó para mostrarnos un lugar en donde podíamos descansar el resto de la noche. Ya amanecía y el frío era intenso. Creo que nadie durmió por la baja temperatura y quizás por el interés de ver algo novedoso al día siguiente.
  
  De pronto, cuando aclaraba la mañana, nos despertó el ruido de un automotor, era un bus que había llegado y transportaba a unas chicas que venían de paseo. Poco a poco comenzaron a bajar mientras nosotros nos apurábamos siquiera lavándonos el rostro y recogiendo nuestros enseres para atender a las recién llegadas. Aún no sabía de qué se trataba, los cuatro restantes sí. En todo caso me di cuenta de que eran estudiantes de un colegio de internado de Cuenca, todas procedentes de la costa. Había que ser atentos y ayudar, al menos esa era la consigna.

    Escogida la pareja, cada uno comenzó el ascenso hacia la laguna de Luspa. Yo iba con una bella chica de Guayaquil, llevando su mochila, y creo que simpatizamos rápido y mutuamente. Había que avanzar lo más pronto posible para aprovechar el tiempo, la tarde y la noche, según eran los planes. En el camino conversamos de todo: sus estudios, los míos…y cosas de la juventud. Siendo así la marcha y con semejante motivación para nosotros dos fue fácil coronar la cuchilla que se ve al frente de la laguna Toreadora, para en ese filo descansar un rato mientras veíamos que la caravana avanzaba y nos dábamos cuenta de que estábamos en los primeros lugares. Delante de nosotros sólo caminaban dos parejas. Con el día muy despejado y hermoso no había para perderse, sobre todo si uno de nuestro grupo conocía de palmo a palmo la zona. Por allí ocurrió un gran acierto inconscientemente: chupar naranjas que mi compañera llevaba en su mochila y arrojar las cascaritas en el camino. Quién creyera, eso sería mi salvación varias horas después. 

   Y bajamos y bajamos. Temas tras temas desfilaron a lo largo del trayecto, todo era felicidad, belleza natural y olvido del mundo, salvo de las miradas permanentes entre uno y otro, y haciendo de mí parte mil castillos en el aire. Qué linda, decía en mis adentros cada vez que la miraba. No tenía ni idea de lo que me iba a suceder después. Ella, de la alta sociedad de Guayaquil y este su servidor, un muchacho sencillo del pueblo. Difícil pero no imposible, me animaba. Una hora después ya estábamos en el filo de la Luspa. ¿Y ahora? A esperar que lleguen todos para comenzar la fiesta y el romance. Eso jamás sucedería. Comenzaron a arribar las chicas con sus acompañantes y así, ya se divisaba al resto de excursionistas.

   De pronto llegó un hijo de don Lizardo, el que guiaba nuestra acémila para comunicarnos un pequeño problema: la mula se había enfangado en el camino y había que ir para rescatar las mochilas y ayudar a sacar al animal. No hay problema, pensé, será cuestión de una media hora y ya, dado que el arriero nos aseguró que era por ahí nomás. Entonces, vale ganar tiempo y volver. Conversamos entre los cinco y decidimos ir al rescate. Me despedí de la chica y le dije que ya volvería en un rato, que me esperara. Observé en ella alguna inquietud -intuición de las mujeres- pero me respondí, son cosas de la edad. Me dijo, te espero, cuídate mucho y vuelve pronto. Para un muchacho deportista esa caminata adicional era lo de menos, pero…nunca retornaría.

   Tomé la delantera. Como ya conocía el camino o por lo menos creía conocerlo, no había dificultad. Mis compañeros conversando, conversando, venían atrás. Cada trecho les silbaba y les apuraba, ellos respondían y venían hacia mí. Y continuaba la marcha pensando encontrar por allí a la acémila y comenzar el trabajo, pero nada. Y silbaba y gritaba, mas, ya sólo el eco me empezaba a responder. Mejor me senté a esperar. Pasó un cuarto de hora, una media hora y nada. Volví a silbar y gritar, pero no había respuesta. Vi mi reloj, eran las diez de la mañana. Comenzó a bajar la neblina y ya no veía ni a tres metros de distancia, sin embargo, no me movía del lugar y del camino. De pronto la neblina se disipó y esperaba ver la cercana presencia de alguien…el silencio fue la respuesta y el principio de algo en verdad preocupante. Me puse a caminar más hacia arriba para tratar de divisar algo, pero cada vez me extraviaba más y es cuando me dije, ahora sí estoy perdido.

   El tiempo avanzaba lentamente, ya eran las once, las doce, la una de la tarde y todavía mantenía la serenidad; me decía, al fin es cuestión de caminar de regreso a la laguna por la ruta que tomé y en una hora ya todo habrá pasado, pero cuando quise hacerlo, no encontré ese camino. No sabía dónde estaba, pero caminaba por los pajonales y cada momento me veía en peores condiciones de orientación. Únicamente reflexionaba en que no debía dejar de caminar ni era momento de lamentaciones. Me acordaba del caso del joven hijo del doctor Ricardo Muñoz Chávez, alcalde de Cuenca, que se perdió por allí y lo encontraron días después muerto en una quebrada. Vino a mi memoria otro insuceso, el de Juan Montero, que abandonó su moto descompuesta y había decidido caminar para encontrar ayuda, pero que se extravió y murió a consecuencia de esa decisión fatal de dejar su máquina cuando pudo manejarla aunque se rompan los cauchos. Y siempre guardaba optimismo, pensaba que todo se puede con perseverancia y deseos de vivir. No debía decaer ni perder la confianza en mí mismo.

    Mi reloj ya marcaba las cinco de la tarde. El tiempo comenzó a pasar raudo, la neblina volvió a bajar. Esto es el fin, pensé. Ya eran las seis de la tarde, en unos minutos comenzará a oscurecer. La verdad es que no me había acordado de Dios hasta ese momento. Me senté en una piedra y dije: 

- Dios mío, no me dejes aquí, si es posible, aparta de mí ese cáliz, soy muy joven para morir, tengo la vida por delante y no soy malo, tú sabes. 

   De pronto oí una voz que me respondía: 

- No te preocupes, estoy jugando contigo. 

- Pero Señor, tú estás jugando y yo estoy desesperado, cómo es eso. 

   Él se rio: 

- No. Sólo quiero ver qué capacidad tienes para resolver tus problemas. Los hombres deben aprender a hacer uso de la inteligencia que les he dado para valerse de sí mismos y afrontar sus momentos difíciles. 

- Claro que sí, le insistí, pero en este momento ya no encuentro alternativa alguna, y tú juegas conmigo. 

  Volvió a reír: Mira, dijo, no te pasará nada, esto sólo es una prueba, te necesito para otros objetivos más importantes y tú tendrás que servirme, de modo que tienes que hacer un esfuerzo más y deberás recordar siempre esta lección, las locuras juveniles a veces conducen a la muerte y esa chica en quien estás inspirado no es para ti, lo hago para cambiar tu rumbo en la vida y te tengo un mejor porvenir, pero no te vuelvas a equivocar…

   Mi Interlocutor misterioso me cerró la comunicación y me dejó nuevamente solo. Oscurecía. En eso me fijé bien en un claro del camino a un metro de distancia, eran cascaritas de naranja. Me agaché, las besé y me aferré a la vida, no debo separarme de este camino, es lo último que me queda, pues, a lo mejor estoy soñando, delirando y jamás vi ni conversé con nadie. 

    Apenas unos metros más y me encontraba encaramado en el filo de la cuchilla y ya en la noche vi una luz lejana, era la casa de don Lizardo en Quínoas. A partir de ese momento es otra historia, caídas, levantadas, tropiezos, desgarres y sangre, un ganado que me persigue en la oscuridad y al fin, la casa de don Lizardo. Antes de entrar, los perros ladraban nerviosos, mientras yo alzando la mirada al cielo exclamaba: 

- ¡Gracias Señor! 

  Volvió Aquél a sonreír y me dijo: 

- ¡Cuánto te amo…!


César Pinos Espinoza

domingo, 26 de enero de 2014

Relatos de un caminante: "Los perros negros botaban candela por los ojos..."



    
 Ascendíamos desde la playa del río Cañar caminando por un tortuoso sendero que me pareció interminable. Poco a poco iba quedando atrás la lejana población de Gualleturo y ahora nuestras fuerzas y objetivos se centraban en Ger, un misterioso, escondido y solitario rincón situado al pie de la montaña, frío y desesperante como pocos, como su gente, dormida en la tradición de siglos.

    Ningún aliciente: cuatro casas separadas entre sí y unas veinte lejanas visibles pero también separadas unas de otras. Nada qué comer ni líquido para beber.

   Un hombre comedido nos indica una choza que decía que es tienda, allí encuentro a Mama Úrsula, una mujer indígena de casi cien años que todavía conserva la belleza de su rostro. Creo que fue muy atractiva en su juventud. Con una gaseosa en mis manos converso con ella. Me cuenta pacientemente --como los viejos que relatan sus historias-- varias cosas interesantes.

- Conocí a la Niña, yo la acompañaba y cuidaba, contaba la mujer.

    En realidad fue nana de doña Florencia Astudillo, aquella mujer potentada que tenía haciendas --herencia de sus ancestros terratenientes-- por doquier, que ni sabía hasta dónde llegaban, aunque algunos señalan que iban desde el río Cañar hasta Gapal en Cuenca.

- Yo nací aquí en la hacienda, nunca me casé ni tuve hijos. Ella me llevó a Cuenca varias veces, los señores me quedaban mirando siempre, creo que les gustaba, pero les tenía miedo. Un día la Niña se fue y no volvió jamás. Dijeron que había muerto.

- ¿Qué pasaba haciendo la Niña?

- Pasaba metida en un cuarto, a veces bordando con un tambor, leyendo unos libros de pastas de cuero, o bajaba a un cuarto para ver a unas mujeres             desgranando mazorcas de maíz traídas desde la hacienda de Cañar, así pasaba. Rezaba al atardecer o arreglaba con aguja unos vestidos largos, livianitos y muy lindos y llenos de encajes que tenía y le habían traído de muy lejos. Allí en la casa de hacienda hasta hace poco había un cuadro de ella jovencita, con moño, elegante. Ya ha desaparecido, decían que era pintado por un Alvarado. Sólo han quedado unas sillas de esterilla y una mecedora que usaba para sentarse y mirar en las tardes por la ventana todo el gran valle que da a la costa.


- Los geresanos son de "buen paso", era el comentario de los allegados a doña Florencia en su entorno social,  es decir, siendo jóvenes y fuertes, transportaban en “guandos” a personas y cosas con toda facilidad y a grandes distancias. Ella podía asegurarse  la comodidad, "que ni sentía el viaje". Los indios no mostraban cansancio e iban a paso uniforme.

    Esa tarde y noche los geresanos tenían una reunión con personas que habían llegado de Cañar para ayudarles en la instalación de agua para uso doméstico, porque los indios vivían como quiera y sus chozas daban claras muestras de descuido y desinterés, no eran muy amantes del trabajo pero sí del alcohol.  Previamente un "japaridor" o "gritador" se subía en una loma y en su lengua nativa a gritos convocaba. Muy lejos respondían que ya acudirán, mientras unas doncellas me traducían los mensajes y se reían por el contenido gracioso de los mismos:

- ¡Ya vengan, no sean sinvergüenzas!

    Esa tarde, apenas anocheciendo comenzaron a llegar. Todos, escondidos en su poncho oscuro, acurrucados por el frío fueron tomando ubicación en el cuarto que era aula de clase de la descuidada escuela. Las mujeres igual. El único candil asentado sobre una banca mostraba los rostros duros, serios y viejos de los principales. Yo los miraba, no sin temor a cada uno de ellos. Algunos me miraban y comentaban algo en voz baja. Todos estuvieron adentro, menos una mujer que se quedó en la puerta y apenas en la sombras dejaba ver que miraba al interior de ese pequeño recinto. No le alcancé a ver el rostro, pero creo que tenía un moño y vestía un traje largo tapada con una especie de manta y mostraba apenas medio cuerpo. Por qué no entrará, pensé.

- Hay una señora en la puerta, háganle entrar para que se siente, pedí.

Se levantó el síndico Silvio y volvió de la entrada enseguida.

- Ya no hay nadie.

- Hay una mujer que se quedó en la puerta, insistí.

Los indígenas se miraron unos a otros y me miraron con extrañeza.

- Otra vez la Niña ha regresado, exclamó uno.

Hubo silencio profundo. Me quedé pensando un instante.

- Creo que no debo mostrar temor, aunque hay un suficiente motivo para ello.

- ¡La Niña ha regresado! ¡Qué cosas!

    Ahora no hay que temer solo a los indios vivos y bravos sino también a los muertos que vienen de visita.

    Pasó el momento de tensión y hablaron del tema que los había convocado. Un jarro de trago empezó a circular y los ánimos se distendieron. Esa noche me contaba Antonio, ya bordeando los 90, que de pronto a la Niña se le ocurría viajar desde Ger a su hacienda de Cuenca, esto significaba que un mayordomo tenía que de inmediato reclutar a un buen número de peones con sus propios "fiambres" o "tongas". El viaje con tambos y todo duraba tres días. Iba arriba muy cómoda y sin sentir el viaje, acompañada de dos perros negros. Preparaban un chancho horneado para alimentarlos en el camino, mientras los indios "guanderos" comían su propio "charqui" y bebían agua de las acequias y quizás una "fuerza" de trago de ellos mismos en el camino. Al final llegaban a la hacienda de Chaguarchimbana, entre El Vergel y Gapal, desde cuyos balcones la mujer solterona arrojaba algunas monedas a los indios como pago por el servicio, pero con la condición de que "no gasten en trago y lleven ropita para los guaguas".

    El tema tomó interés entre todos los presentes, nunca habían hablado de ello. En el tumulto uno de ellos no logró coger nada y tuvo que quedarse en la hacienda tres meses trabajando para poder regresar a Ger, mientras su mujer e hijos quedaron abandonados a su suerte. Casi nunca vieron a hombre alguno con ella en la hacienda de Ger, dijeron, salvo un señor que se supo era su hermano venido desde México pero que regresó enseguida y no volvió jamás. En 1989 la casa de Chaguarchimbana estaba casi en ruinas, pero después fue restaurada, igual que la Quinta Bolívar de Gapal.

- ¿Le guardan rencor a la Niña? Les pregunté esa noche entre el ir y venir del amargo licor que afanosa una india vieja repartía con un jarro.

- No, ella era buena con nosotros, no nos castigaba.

- ¿La recuerdan a menudo?

- Ya casi nada, decía Pedro, un hombre muy viejo. Ha pasado mucho tiempo. Pero  la han visto de noche “caminando por los cerros con sus dos perros negros que botan candela por los ojos...”


César Pinos Espinoza.