sábado, 26 de abril de 2014

¡MILAGRO EN EL CAJAS!

LA TOREADORA, EN EL TRÁNSITO HACIA LA LUSPA.


Es ésta, posiblemente, nuestra quinta versión sobre un hecho inexplicable sucedido hace algunas décadas, a lo mejor entre los años 67 y 70. Habíamos recibido una invitación por parte de amigos de Cuenca para participar en una excursión al Cajas, previa preparación con el fin de acordar en cuanto a lo que teníamos que llevar cada uno de los cinco. Debíamos concurrir con una mochila y los elementos fundamentales para montaña.
El día llegó. La primera etapa era trasladarnos a Sayausí en las primeras horas de la noche. Allí debíamos contratar una acémila y un guía para llevar nuestros equipajes. En ese punto durante más de dos horas se habló de todo, menos de lo fundamental, el objetivo último del paseo. A eso de la medianoche comenzamos la caminata hacia Quínoas, al comienzo en animada conversación, luego y poco a poco en silencio, tratando de llegar lo más pronto a la posada de don Lizardo Guevara. Llegamos al lugar más o menos a las cuatro de la madrugada, y como no había camas, nos tocó dormir en el suelo del zaguán, tapados cada uno con lo que había llevado. Dormir fue imposible, el frío de la madrugada era intenso y en poco tiempo vimos aclarar el nuevo día.

EL CAJAS, PARQUE RECREACIONAL.

De pronto a las seis de la mañana se escuchó el ruido de un vehículo, era un bus que venía desde Cuenca con un grupo de chicas de un colegio de internado de la ciudad, todas ellas procedentes de la Costa. Nos levantamos automáticamente y nos arreglados al apuro, ya estábamos dispuestos para recibir a las recién llegadas. Con eso estaba claro: los compañeros de la aventura habían estado previamente en conocimiento de aquel paseo. Acudimos enseguida a recibirlas y a prestarnos como guías y acompañantes. La consigna era: cada uno debía buscar su acompañante para emprender la caminata hacia la laguna. De nuestra parte hicimos lo indicado y empezamos a caminar con una de ellas. No fue difícil escoger, todas eran bellas y había que tomar su mochila, y manos a la obra, ascender, primero hasta el pie de la cuchilla que queda  a la altura de la laguna Toreadora y luego en “fila india”, lentamente, conversando de tantas cosas con la mirada en el filo de la montaña.

María (nombre supuesto) resultó ser buena caminante, y nosotros, con una edad entre 20 y 23 años y condiciones de deportistas, hicimos la dupla ideal para esa complicada empresa y siempre entre los primeros del grupo compuesto por unas 20 personas. Llegados a la cima, nos sentamos a descansar y divisar hacia oriente las lagunas y el paisaje enorme y hacia occidente la Luspa, no menos maravillosa. De allí la bajada era fácil y todo hermoso con un sol brillante y motivador. María sacó de su mochila unas naranjas y nos sentamos a chupar y conversar de muchas cosas. Me sentía feliz. Era un día espléndido y comenzaba a rondar Cupido.

TRES CRUCES, PARQUE DEL CAJAS.

Luego proseguimos por un sendero, a ratos trotando y riendo, todo en goce de la máxima armonía natural. A poco ya nos encontramos en el borde de la laguna. Todo resultó completamente fácil. Fuimos los primeros seis u ocho en llegar. El plan no podía ser más perfecto: pescar, preparar alimentos, servirnos alimentos juntos, hacer una fogata por la noche, en fin. A poco llegaron los amigos y el resto de excursionistas pero también nuestro guía con las manos vacías. ¿Qué había sucedido? La acémila que transportaba nuestras cosas se había empantanado y el hombre nos pedía que le acompañáramos para rescatar al animal y los equipajes, “allá arribita nomás”. La despedida de María fue rápida, pero recuerdo que hubo una expresión de pesimismo y preocupación en ella, y no quedaba más, le ofrecí apurarme y volver en no más de una hora. Jamás sucedió de esa forma.

Queriendo resolver el asunto lo más pronto posible -pero confieso, con una buena dosis de ingenuidad- tomé la delantera mientras mis compañeros venían lentamente y de mala gana, conversando y sin apuro alguno. Al comienzo yo les llamaba a unos cien metros de distancia para que se apuren, luego les silbaba y me respondían, pero después solo escuchaba el eco. De pronto comenzó a bajar la neblina, gritaba pero ya nadie me respondía. Sin embargo no perdía la serenidad y continuaba caminando…hasta que perdí la ruta, la espesa neblina no me permitía ver casi nada. Estaba extraviado por completo.
 

Vestía apenas un bluejean, una casaca de nylon, llevaba unos pocos cigarrillos “King”, una caja de fósforos y unos diez sucres. Mi reloj marcaba las once de la mañana. Quise volver a la laguna pero no encontraba el camino, quise ascender hacia el filo de la montaña, tampoco podía. Recordaba un incidente de unos meses atrás cuando un joven se extravío por esos mismos lugares y lo encontraron muerto tres días después, se había roto un tobillo y eso le costó la vida. Vino a mi mente que alguien dijo que en esos casos no se debe perder la serenidad, no hay que dejar de caminar, y en caso de llegar la noche no queda más que buscar un refugio pero jamás dormir, porque eso resulta fatal. Mi reloj “Invicta” marcaba las cinco de la tarde. Me quedaba poco tiempo. Me acordé de Dios, como nunca, lo había olvidado años atrás. Si oscurecía era hombre muerto y no se sabe en qué condiciones. Ya eran las seis de la tarde, el tiempo comenzó a correr rápido. Se venía la noche de forma acelerada y la neblina continuaba. De pronto, no sé por qué pero asomaron las cascaritas de naranja en el camino. Creo que un Ser Superior lo había planeado. Esas huellas me salvaron. Me aferré al camino como pude y me di cuenta de que estaba próximo a la cuchilla, a donde llegué gateando, desesperado. Del filo divisé una luz lejana, era la casa de don Lizardo.
 
Comenzó mi etapa de salvación. Iré hacia esa luz como sea, me dije. Pero no fue nada fácil: cañadas, oscuridad, trampas, ganado suelto, subidas y bajadas que a veces me impedían ver la luz, y así, despedazado, con las manos sangrantes, los codos, las rodillas, los zapatos rotos, llegué. Los perros ladraban en la entrada de la posada, me querían atacar pero salió don Lizardo y dijo no creer lo que veía. Me ofreció un jarro de café caliente y un pan. Ha vuelto a nacer, me dijo. Aquí el que  se pierde se muere. Es un milagro, exclamó. Jovencito, ha llegado un jeep y el dueño está en mi casa y ya mismo se va a Sayausí, debe regresar a Cuenca. Así lo hice y después todo quedó atrás, nadie se enteró, nadie me buscó, a nadie hice falta. Eso no importaba, lo que sí, desde entonces, todavía no comprendo por qué sucedió. ¿Hubo un propósito detrás de todo esto? Las cosas en la vida y en el mundo no suceden porque sí. Ya son muchos años y hoy flota en nuestro pensamiento la duda e incredulidad de ese milagro. Aquel día ¿qué iba a suceder? ¿Qué ha sucedido desde entonces? ¿Cómo debemos entenderlo?

César Pinos Espinoza




jueves, 24 de abril de 2014

BREVE HISTORIA DE BAHÍA Y LOS CARAS

Río Chone saliendo al mar. Puente Los Caras. Foto C.Pinos E.




  
Toma desde San Vicente. Bahía al fondo. Río Chone en su desembocadura. Foto C.Pinos E.


“El Padre Juan de Velasco, célebre Jesuita nacido en Riobamba en Enero de 1729, dice en su Historia del Reino de Quito concluida en 1789, que por el año 700 u 800 de nuestra Era, los Caras llegaron por mar a Manabí y fundaron un reino cuya capital fue Caráquez. Este reino comprendía al norte las tribus de Apesigües, Caniloas, Chones, Pasaos, Silos, Tosahuas y Hahuas, y lindaba por el sur con el reino de los Mantas, que a su vez comprendía las tribus de Apichiquies, Cancebis, Pichotas, Pacoases, Picunsis, Manabíes, Jaraguas y Jipijapas. Poco más o menos permanecieron los Caras en Manabí. No se sabe si a consecuencia de verse molestados por los gigantes que moraban de Santa Elena a Charapotó, o, lo que es más probable, por la insalubridad de la costa, resolvieron ir hacia el norte conducidos por su régulo que tenía el título de Carán “. (Antigüedad del Hombre, W. Loor 1959, pág. 46.).

Playa de San Vicente frente a Bahía. Foto C. Pinos E.

Juan de Velasco:
Esta claro que las tribus de la época no lo conocían como un reino o nombre conocido como Reino de Quito el cual es puesto por historiadores más cercanos a la colonización. El nombre que más se acerca a los estudios realizados es Quitu, que fue fundada por los Quitus luego de arrebatarlas a las tribus no muy fuertes que tenían la jurisdicción de la región, dado que los territorios de Quito estuvieron poblados más allá de la era cristiana por el 900 a.C, luego fue refundada por los Caras en una conquista dejando el nombre intacto de Quitu, y mezclando la raza a los Quitus-Caras que son la tribu que tendrían el poder hasta la invasión de un imperio creciente de las estepas del sur de los andes. Cabe resaltar que no hubo ninguna batalla épica entre el gran imperio del sur ya que los Quitus-Caras no tenían ningún motivo para tener un ejército y a lo que se dedicaban era a los estudios del cielo y la recolección de recursos. Así que Quitu fue adherido al imperio Inca y ahí paso a ser parte de un imperio y a ser gobernado por un emperador.


Fue fundado por los Caras quienes, luego de desembarcar en las costas de Manabí, conducidos por Carán subieron hacia la cordillera y tras dominar a los Quitus, se asentaron en la región y establecieron su poblado principal en donde hoy se levanta la ciudad de Quito. Sus habitantes, llamados Quitus, eran atrasados y débiles, formaban un reino al parecer pequeño y mal organizado, por lo que no pudieron oponer una resistencia vigorosa a los invasores, y fueron fácilmente vencidos y subyugados por ellos.
La extensión territorial se limitaba en Quito y sus alrededores, un cuadro de 50 leguas de oriente a poniente y de norte a sur entre las dos Cordilleras de los Andes luego de la conquista Caranqui las razas se mezclaron creando a los Quitus-Caras o más conocidos como Shyris. (Historia del Reino de Quito en la América meridional)

Salida del río Chone al mar. Foto C. Pinos E.

Para el historiador Padre Juan de Velasco, los Caras fueron los primeros pobladores que llegaron a las costas ecuatorianas que originariamente se habría asentado en Bahía de Caráquez (Manabí) ascendieron y navegaron por el río Esmeraldas y luego de trasponer la cordillera habrían dominado a los Quitus. Las investigaciones arqueológicas realizadas en algunos lugares, particularmente en la Tolita han establecido que en la región de Esmeraldas existieron culturas muy antiguas como la Valdivia y Chorrera que pueden tener una antigüedad de 3.000 años a.C. Fueron otros, naturalmente, los pobladores que conocieron los españoles cuando llegaron a estas costas desde Panamá. Otras tribus fueron los Atacames, Cayapas. González Suárez escribe que las tribus que poblaron la provincia no fueron dominadas por la invasión de los incas y permanecieron autónomas en sus vastos territorios.

César Pinos Espinoza.