sábado, 28 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
Desencanto por los hombres que disputan dentro de una nave perdida.
Perdido
en el inmenso universo nuestro planeta vaga desde hace miles de millones de
años. En realidad no sabemos qué rumbo lleva pero es inimaginable el ancho
espacio que ha recorrido y continuará recorriendo hasta el final de los
tiempos. La teoría del “Big bang” apunta que a partir de esa “Gran explosión”
ocurrida hace 14 mil millones de años el universo salió del caos y camina hacia
el cosmos, hacia un orden y armonía impredecibles. Frágil y solitaria, aunque
en medio de millones de cuerpos celestes seguramente con vida orgánica, la nave
imperceptible que transporta a más de siete mil millones de seres humanos,
parece desequilibrar el sistema perfecto, tal como el sonido de las cuerdas de
la lira.
¿Desequilibrar?
Cómo no. Está claro que no fue creada para embodegar explosivos, de veneno, del
veneno que vomitan ciertos líderes políticos mundiales, reyes del miedo que se
empeñan desde la historia en manchar y dañar la armonía de la Tierra mediante
guerras terribles, matanzas infrahumanas, inconcebibles violaciones de la
naturaleza, negocios fatídicos, tráfico y fomento de conflicto entre naciones,
con el claro afán de armar a pueblos pobres o ricos e inducirlos a la
esclavitud de la permanente defensa y ataque.
En
esta odiosa misión que crea dudas y desconfianzas constantes entre pueblos,
persisten hoy en día ciertos líderes de naciones en una carrera loca hacia el
terror, tratando de imponer su fuerza y mantener sus objetivos colonialistas
que desembocan en dominio económico, no otra cosa que una vanidad y desconfianza
de sí mismos. La tarea de dominio en base a engaños descarados, el tráfico de mujeres
y niños, de medicamentos, muchas veces negocio súper rentable y millonario a
nivel global, de armas y equipos sofisticados para ejércitos mediante catálogos
y a través de agentes de la muerte en todas partes.
Así,
mucha gente, millones, en calidad de pasajeros de la hermosa nave azul, con los
ojos cerrados, cada día en el mayor número de horas posibles, no pierden un
minuto en tratar de hacer fortuna, de acumular, de dominar al otro, para
explotarlo, mentirle, ganarle, mientras cientos de líderes de dan a la ingrata
tarea de cuestionar todo lo que no les favorece individualmente, e incendian,
agreden, viven desesperados por el miedo y su incapacidad de plantear
soluciones pacíficas, de diálogo, de acuerdo racional, más bien entregándose a
la ingrata tarea de armarse, de bombardear, de matar, de destruir a quienes no
coinciden con sus principios.
Nuestro
bello planeta se ve cansado, herido, ofendido. Da la impresión de que no
resiste más. Dicen que ha comenzado a defenderse, que esa defensa afectará a
millones de seres. Es muy probable. Entonces, ¿cambiará el cerebro humano? ¿Llegará
el momento de la Noosfera? ¿El fin de la era, como una suprema solución para
este callejón sin salida? Probablemente. El viraje síquico es urgente. De lo
contrario, desapareceremos en el universo sin dejar huellas, sin pena ni gloria,
como dijo alguien, “como un rumor que los seres dejan al pasar”.
César Pinos Espinoza.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Ser honesto por temor o conveniencia no es ser honesto
Entre la ética de la conveniencia y la ética del temor
Decir la verdad por temor, ser honesto por temor, ser
puntual por temor, en realidad no son cualidades ni virtudes, sino el disfraz
de una conducta que, si bien busca la aprobación social, en realidad el propio
sujeto queda inmerso en variadas formas de apariencia e hipocresía. Así, cuando
alguien no roba por temor, deja intacto el pensamiento de robo en su conciencia
y mantiene vivo el impulso al robo, ya que frena una conducta que seguramente
surgiría como deshonesta si desaparecieran las circunstancias del control
social.
A diferencia de ciertos casos en que la conducta del
sujeto es inducida por un temor invencible que le impide un proceder autónomo y
deliberado, los casos que nos ocupan se relacionan con el temor vencible, que
es posible de ser advertido y superado. Respecto de este último, podríamos
enumerar una serie de comportamientos conscientes afectados por la apariencia:
- Quien es fiel o leal por temor, no significa que no sea infiel o desleal, pues deja intactas la infidelidad y la deslealtad dentro de sí mediante la apariencia de una conducta honesta hacia su pareja, amigos o confidentes.
- Quien no habla en público por temor, a pesar del manto de prudencia con que aparece ante los demás, tiene el pensamiento bloqueado e interferido acerca de lo que podría decir, ostentando así una falsa conducta prudente o mesurada.
- Quien tolera a los demás por temor a su descalificación, no es tolerante, ya que deja vivo los pensamientos de rechazo y rigidez en su fuero interno.
- Quien aparece respetuoso y amable por temor a quedar aislado del círculo que frecuenta, seguramente alberga dentro de sí la búsqueda de una conveniencia utilitaria que, sin el temor a los demás, quedaría de manifiesto.
- Quien es generoso y ayuda a otros buscando el propio interés, carece de una cualidad moral que disfraza con recursos visibles para conseguir aprobación o lograr beneficios.
El temor configura un bloqueo y condicionamiento
mental que origina confusiones a veces inadvertidas por el propio sujeto, al
punto de inducirlo permanentemente a expresar ficticiamente comportamientos
positivos u honestos que no son tales. Estas conductas aparentes tienden a
evitar, por razones de mera conveniencia, la ejecución de acciones de tinte
negativo que, en otras circunstancias, se llevarían a cabo. Ello constituye una
aberración cognitiva que conduce a la incoherencia entre el pensar y el
hacer.
En el campo de la conducta habitual, el temor actúa
como una fuerza que suprime la actuación espontánea, autónoma y sensible del
sujeto ante circunstancias en que le resulta útil y oportuno adoptar alguna
forma aparente de comportamiento. En este terreno impregnado por lo falso y
espurrio, la simulación de valores y cualidades se lleva a cabo a través del
despliegue ficticio de acciones aparentemente positivas.
Desde un enfoque cognitivo-pedagógico, podemos
observar que, aunque determinadas deficiencias no se manifiesten ni expresen en
la conducta externa, las mismas permanecen intactas y forman parte de la vida
del sujeto. Este proceso simulatorio termina por colocar a quien lo practica en
el oscuro rincón de la doble moral y afectar su coherencia personal. La
cultura y la ética emanadas de una visión excesivamente pragmatista, valoran y
consideran aceptables los resultados útiles de la conducta en sí,
independientemente del pensamiento y la conciencia del sujeto. Para este
paradigma, tanto el temor como, en menor medida, la conveniencia (o quizás, en
algunos casos, el temor disfrazado de conveniencia y oportunismo) se comportan
como factores que terminan por aislar la dimensión de la conducta externa y la
dimensión interna de la conciencia. Aquí se observa cómo la conducta
aparentemente honesta enmascara al pensamiento deshonesto.
Así como al no robar por temor, el sujeto deja el
pensamiento de robo intacto, ser honesto para agradar a otro no permite
construir en lo interno la honestidad y las cualidades y valores que
externamente aparecen en una conducta aparentemente honesta esgrimida
ficticiamente por aquél. Al faltar la íntima convicción de lo honesto, la
apariencia sustituye la conciencia individual y se comporta como la máscara que
oculta el vacío de una cualidad que no se posee. Por razones que guardan
afinidad con el desarrollo y la coherencia personal, podríamos decir que la
ética del temor se convierte en aliada de la ética de la conveniencia. Y ambas
se sostienen con una ética de la costumbre, aceptada y practicada por una sociedad
que da por válido y no cuestiona el ejercicio de cualidades transformadas en
hábitos mecánicos cuyo origen no reconoce a la conciencia ni coloca a la íntima
convicción como elemento ético central de la vida humana.
Dr. Augusto
Barcaglioni
viernes, 6 de septiembre de 2013
lunes, 2 de septiembre de 2013
martes, 27 de agosto de 2013
“Si mi pluma tuviera el don de las lágrimas...
“Si mi pluma tuviera el don de las lágrimas escribiría una obra sobre el indio y haría llorar al mundo”. Juan Montalvo.
Nuestro último recorrido por
los pueblos del norte de la serranía ecuatoriana ha sido de enorme valor para
conocer y entender la realidad del indio en los actuales momentos. A partir de
1532 comenzó el drama en América. “Anocheció en la mitad del día” fue una frase
lapidaria que luego de ese 26 de julio de 1533 sentenció para siglos el destino
de millones de seres con el fatídico asesinato de Atahualpa en Cajamarca, en
una suerte de trauma, en muchos casos todavía no superado.
Escenas e imágenes de
hombres, mujeres y niños humillados, temerosos y sin conciencia de lo que
sucede, son aún frecuentes en Colta, Cajabamba, Calpi, Guamote y Zumbahua. Sin
embargo, debemos reconocer que se evidencia un esfuerzo por parte de jovencitas
y jovencitos indígenas en lugares como Alausí, Tixán y Palmira, tratando de
romper su utopía para acceder a una educación digna e igualitaria, debiendo
para ello realizar grandes sacrificios de tiempo y distancias, a efectos de que
no se repita el pesaroso estado de adultos y ancianos distantes de toda
consideración como seres humanos otrora dueños de un vasto territorio, luego
sacudido desde sus cimientos con la invasión hispana.
Nuestro viaje también fue
oportunidad, nueva oportunidad, para comprender que la pobreza y desatención en
la salud y educación de los más desafortunados no se lo consigue de la noche a
la mañana por decreto, “ni tan sólo con siete años de explotación petrolífera”,
como pretenden algunos, sino que se trata de un proceso de mucho tiempo y dedicación.
Los regímenes de los últimos 50 años en el Ecuador han descuidado los
elementales principios humanitarios, al estar obnubilados por la riqueza
petrolera y agrícola y el afán de llenar sus propios bolsillos, satisfaciendo
los intereses particulares y de grupos, al tiempo que depredando las riquezas
naturales, incluso de modo generoso con transnacionales, en actos inauditos e
imperdonables.
Veo en Alausí junto a mí,
pasar a un niño de unos siete años, indígena puro, de rostro quemado por el
frío y el sol del páramo, camina detrás de su madre, hablan en su lengua y
muestran su pobre vestimenta. Seguramente nadie les preguntó ese día cuáles son
sus preocupaciones y pesares, los veo perdidos en su mundo, que además, ya no
es su mundo.
César
Pinos Espinoza.
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