lunes, 19 de mayo de 2014

El pucara de Rumicucho, testigo de glorias quiteñas.







Quito se convulsiona desde las primeras horas de la mañana. Miles de vehículos materialmente vuelan por las avenidas hacia objetivos diversos movilizando a más de un millón de personas. Este periodista circula por el medio más eficaz, quizá cómodo a cierta hora, el colectivo, por la avenida occidental con rumbo norte hacia la Mitad del Mundo. Pretendo, siquiera por un par de horas, disfrutar de la tranquilidad y lugares más o menos atractivos, exentos de bullicio y peligro.




En 30 minutos me encuentro en Pomasqui y a continuación en San Antonio de Pichincha. El calor es insoportable, pero en cambio tengo a mi favor cierto ambiente de pueblo y la posibilidad de caminar despistado, sólo pensando en mis dos objetivos: Rumicucho y los monumentos que recuerdan a la Misión Francesa, agradeciendo eso sí, el poder hacerlo con toda la libertad del mundo y el poseer la capacidad de extrañamiento ante cosas aparentemente simples y sin importancia para el común de los mortales.

Un dólar y medio cobra una camioneta para transportarme desde San Antonio hasta Rumicucho en aproximadamente quince minutos. Dejo entonces el pueblo bullanguero y desordenado para sumergirme en el pasado y meditar durante un buen tiempo sobre lo que fue ese lugar desde el 1450, antes de la llegada de los conquistadores españoles. No está por demás manifestar que la carretera que conduce al sitio se encuentra en buen estado, pero en cambio, después será “regreso del músico”, como quien dice, para hacer deporte.


Rumicucho, según tengo entendido, es el mejor testimonio del poder Caranqui, y luego del imperio incásico que los sojuzgó en el norte, pero que con poco tiempo, alrededor de cuarenta años, tuvo oportunidad de hacer sentir la gran fuerza e importancia del Tahuantinsuyo hasta la llegada de los españoles que, ansiosos de oro y riquezas, lo destruyeron todo, lo cambiaron y pisotearon, tratando de poner las cosas al revés, quizá por temor e impotencia ante esas civilizaciones hermosas del pasado que no las entendieron ni las soportaron. Caranquis e Incas constituyen un episodio aparte y fundamental de la historia pre-colombina en nuestro país. El choque de estas culturas produjo uno de los desastres más terroríficos y sangrientos que registra la invasión incásica en nuestro suelo. 

Los cronistas cuentan que treinta mil Caranquis, por rebeldes, fueron pasados a cuchillo y arrojados en una laguna que después se tiño de rojo. Sería “Yaguarcocha”, el lago de sangre. Pero resulta que esos guerreros sacrificados eran de la estirpe de Pacha, aquella mujer bella y valiente que llegó a conquistar el corazón del más grande guerrero y estadista que vieron estas tierras, Huayna Capac, nacido en Tomebamba, tierra Cañari. Paradojas de la historia, los “guambracunas”, crecerían y más tarde cobrarían venganza dentro de las huestes de Atahualpa contra los peruanos venidos desde Cuzco por las pretensiones de Huáscar para gobernar todo el Imperio, y hermanados con Cañaris, incluso ahogarían al propio medio hermano en Jauja.


Cuartel, templo, tambo y taller

La piedra de los muros está colocada con simetría y tiene el color rojizo, pegada con algún material a manera de cemento de origen volcánico. Existen huellas de varios recintos, galerías, patios y escalinatas; es posible que haya servido para actividades rituales, para observación y para control militar. El pucará de Rumicucho es parte de una cadena de construcciones similares para objetivos militares y religiosos, como los de Capillapamba, Palmitopamba, Chacapata, Guayllabamba y Quitoloma. La función era múltiple: cuartel, fortaleza, templo, tambo y taller. Desde ese lugar se disponía de una amplia y magnífica visibilidad hacia los cuatro puntos cardinales.

César Pinos Espinoza

 cesarpinose@hotmail.com





domingo, 18 de mayo de 2014

Buenas historias. No. 2. Anocheció en la mitad del día



     
   Los hispanos no creían lo que se presentaba ante sus ojos. Contemplando tanta riqueza estaban pasmados, fascinados por el oro, y sin embargo, eran visiones no exentas de peligro. Con todo, temor y riesgo, comenzó el saqueo. Apresado Atahualpa en Cajamarca, se vio claro el principio del fin. El arte de las preciosidades no interesaba, importaban el oro y las piedras preciosas. Fundieron las piezas más hermosas y la codicia infernal no se apartó ni un momento de los extraños. Cargas de oro y plata del increíble templo de Pachacámac, no muy distante de la actual ciudad de Lima, empezaron a llegar para el rescate del Inca. Espigas de maíz de oro y fuentes de aves de oro, las reservaron para el rey de España; el capitán Pizarro se apoderó de la litera de metal precioso del inca quiteño, poco antes aprehendido y humillado, y todo el resto que hasta el momento habían robado, se repartieron como locos, sin que esté ausente en cualquier momento una disputa a muerte entre los propios conquistadores.

   Se hallaban tan abrumados por la colosal riqueza, que fácil habría sido un ataque indígena para matarlos a todos y rescatar al rey, pero extrañamente no sucedió. La mortandad en el momento de agresión en Cajamarca, el espanto y la sorpresa en la plaza dejaron a los indios sin ninguna capacidad de reacción. No entendían lo que estaba sucediendo, habían entrado en shock, en instantes de incertidumbre e indecisión para contraatacar a su enemigo de reducida tropa, más todavía cuando a pesar de su gran número, se vieron solos, huérfanos de un líder para arremeter con furia no imaginable sobre los recién llegados. Rumiñahui, tan importante poco antes en la guerra contra Huáscar, ahora en momentos tan cruciales, estaba ausente. Y para mal de los males, fue el acabose cuando vieron a Calicuchima, uno de los generales de Atahualpa, llegar mansamente, confundido, abrumado y atrapado por la tropa de Hernando Pizarro.

    Las crónicas cuentan que cuando Calicuchima llegó al lugar en que se hallaba Atahualpa, la entrevista con su señor fue dramática. Terrible y respetable en tantas oportunidades, entró en el aposento, esta vez temblando, de rodillas y con la cabeza agachada, y al ver al inca preso, se le fueron las lágrimas. “Estos de Caxamarca no supieron defenderte –le dijo--; si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis, esto no habría sucedido. El inca sonrió”, relata Benjamín Carrión en su libro “Atahualpa”.

    Llegó el día fatídico. Días antes Atahualpa le había dicho a Hernando Pizarro, “cuando te vayas me van a matar tus compañeros. No me abandones”. Ese 29 de agosto de 1533 –algunos dan otra fecha-- el rey del Tahuantinsuyo caía ajusticiado por la mano bárbara, con la venia del clérigo Valverde. “En los rincones de la plaza, como borrachos, los indios escuchaban los estertores agónicos del hijo del Sol”. El gran imperio caía en pedazos. Una raza de millones de seres humanos recibía el tajo final para que no despierte en siglos. Dicen que una mujer zarza, ante la noticia fatal, expresó: “Chaupi punchapi tutayaca”. Anocheció en la mitad del día.

César Pinos Espinoza