domingo, 18 de mayo de 2014

Buenas historias. No. 2. Anocheció en la mitad del día



     
   Los hispanos no creían lo que se presentaba ante sus ojos. Contemplando tanta riqueza estaban pasmados, fascinados por el oro, y sin embargo, eran visiones no exentas de peligro. Con todo, temor y riesgo, comenzó el saqueo. Apresado Atahualpa en Cajamarca, se vio claro el principio del fin. El arte de las preciosidades no interesaba, importaban el oro y las piedras preciosas. Fundieron las piezas más hermosas y la codicia infernal no se apartó ni un momento de los extraños. Cargas de oro y plata del increíble templo de Pachacámac, no muy distante de la actual ciudad de Lima, empezaron a llegar para el rescate del Inca. Espigas de maíz de oro y fuentes de aves de oro, las reservaron para el rey de España; el capitán Pizarro se apoderó de la litera de metal precioso del inca quiteño, poco antes aprehendido y humillado, y todo el resto que hasta el momento habían robado, se repartieron como locos, sin que esté ausente en cualquier momento una disputa a muerte entre los propios conquistadores.

   Se hallaban tan abrumados por la colosal riqueza, que fácil habría sido un ataque indígena para matarlos a todos y rescatar al rey, pero extrañamente no sucedió. La mortandad en el momento de agresión en Cajamarca, el espanto y la sorpresa en la plaza dejaron a los indios sin ninguna capacidad de reacción. No entendían lo que estaba sucediendo, habían entrado en shock, en instantes de incertidumbre e indecisión para contraatacar a su enemigo de reducida tropa, más todavía cuando a pesar de su gran número, se vieron solos, huérfanos de un líder para arremeter con furia no imaginable sobre los recién llegados. Rumiñahui, tan importante poco antes en la guerra contra Huáscar, ahora en momentos tan cruciales, estaba ausente. Y para mal de los males, fue el acabose cuando vieron a Calicuchima, uno de los generales de Atahualpa, llegar mansamente, confundido, abrumado y atrapado por la tropa de Hernando Pizarro.

    Las crónicas cuentan que cuando Calicuchima llegó al lugar en que se hallaba Atahualpa, la entrevista con su señor fue dramática. Terrible y respetable en tantas oportunidades, entró en el aposento, esta vez temblando, de rodillas y con la cabeza agachada, y al ver al inca preso, se le fueron las lágrimas. “Estos de Caxamarca no supieron defenderte –le dijo--; si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis, esto no habría sucedido. El inca sonrió”, relata Benjamín Carrión en su libro “Atahualpa”.

    Llegó el día fatídico. Días antes Atahualpa le había dicho a Hernando Pizarro, “cuando te vayas me van a matar tus compañeros. No me abandones”. Ese 29 de agosto de 1533 –algunos dan otra fecha-- el rey del Tahuantinsuyo caía ajusticiado por la mano bárbara, con la venia del clérigo Valverde. “En los rincones de la plaza, como borrachos, los indios escuchaban los estertores agónicos del hijo del Sol”. El gran imperio caía en pedazos. Una raza de millones de seres humanos recibía el tajo final para que no despierte en siglos. Dicen que una mujer zarza, ante la noticia fatal, expresó: “Chaupi punchapi tutayaca”. Anocheció en la mitad del día.

César Pinos Espinoza

miércoles, 14 de mayo de 2014

Buenas historias. No. 1. Raid a La Iberia, gran experiencia.

 
SAN ANTONIO DE CHAUCHA 



Todo comenzó junto al puente del Vado en Cuenca, desde donde junto con Arturo tomamo un bus de la Empresa Baños con dirección a San Antonio de Chaucha. Viaje largo de tres horas por una carretera de llorar. Al fin llegamos a las 12h00 y topamos con el Teniente Político, le contamos nuestro proyecto, nos invitó a comer algo y se puso a las órdenes con una mula para llevar nuestras mochilas. Salimos a las 13h00 con dirección a San Gabriel de Chaucha. A las 14h00 llegamos y pasamos de largo por San Gabriel. Había que ganar tiempo.

CÉSAR (i) Y ARTURO SALIENDO DE SAN ANTONIO
Para 1999 todavía no existía la carretera desde Chaucha hacia la costa pasando por el pequeño poblado de La Iberia. Nosotros recorrimos esa ruta a lomo de mula y a pie en 7 horas. Resultado: Primer Premio al Reportaje. Y luego comenzaron la carretera. Gratitud al compañero periodista Arturo Peña Bernal, con cuya compañía fue posible esa inolvidable aventura.
FOTO ACTUAL DEL RÍO CHAUCHA BAJANDO HACIA LA COSTA.
El premio de Diario El Tiempo fue muy generoso: DOS MILLONES Y MEDIO DE SUCRES. Fue en homenaje a don Humberto Toral León, fundador de dicho Diario. Pero la aventura fue sensacional y creo que irrepetible. Todo salió a pedir de boca.
FOTO ACTUAL DE LA CARRETERA CERCA DE LA IBERIA. EL PAISAJE HA CAMBIADO UN POCO.
Historias de esa aventura: De pronto en la montaña asoma un jinete que se ofrece para acompañarnos. Saca de su alforja una botellita de licor y como no tenía copa, por allí consigue una naranja, saca su "carne" y nos brinda en la corteza, pero dice, ¿quieren con agua caliente?, y al asentir nosotros se acerca por allí y en un chorrito del camino en la selva, nos invita a completar con esa agua en verdad muy caliente.
LA IBERIA HOY. ES UN LINDO LUGAR, CÁLIDO Y HÚMEDO.
Al llegar, la gente sale a las ventanas y nos mira con sonrisas y aplausos, nosotros, como el caballero "de la triste figura", mojados, sudados, enlodados, cansados...Pero estábamos felices, como si hubiésemos conquistado el mundo.

EN LA IBERIA CON EL "COMITÉ DE RECEPCIÓN"

Buena comida al llegar, pero lo mejor, hemos llegado justo a una fiesta de matrimonio. Hubo fuerzas para farrear hasta la madrugada. En el camino: Vimos árboles de cedro y otras maderas finas. Hoy han desaparecido.
Historia: Unos mineros japoneses explotaban por allí una mina de oro y cuando se les acabó el whisky de arroz que tenía, tomaban aguardiente de los calientes y decían que es mejor que el whisky. Uno de ellos se enamoró de una campesina lugareña y cuando regresó a su tierra la llevó consigo.

César Pinos Espinoza

miércoles, 7 de mayo de 2014

Relatos de un explorador. "Anocheció en la mitad del día”




    Los hispanos no creían lo que se presentaba ante sus ojos. Contemplando tanta riqueza estaban pasmados, fascinados por el oro, y sin embargo, eran visiones no exentas de peligro. Con todo, temor y riesgo, comenzó el saqueo. Apresado Atahualpa en Cajamarca, se vio claro el principio del fin. El arte de las preciosidades no interesaba, importaban el oro y las piedras preciosas. Fundieron las piezas más hermosas y la codicia infernal no se apartó ni un momento de los extraños. Cargas de oro y plata del increíble templo de Pachacámac, no muy distante de la actual ciudad de Lima, empezaron a llegar para el rescate del Inca. Espigas de maíz de oro y fuentes de aves de oro, las reservaron para el rey de España; el capitán Pizarro se apoderó de la litera de metal precioso del inca quiteño, poco antes aprehendido y humillado, y todo el resto que hasta el momento habían robado, se repartieron como locos, sin que esté ausente en cualquier momento una disputa a muerte entre los propios conquistadores.

   Se hallaban tan abrumados por la colosal riqueza, que fácil habría sido un ataque indígena para matarlos a todos y rescatar al rey, pero extrañamente no sucedió. La mortandad en el momento de agresión en Cajamarca, el espanto y la sorpresa en la plaza dejaron a los indios sin ninguna capacidad de reacción. No entendían lo que estaba sucediendo, habían entrado en shock, en instantes de incertidumbre e indecisión para contraatacar a su enemigo de reducida tropa, más todavía cuando a pesar de su gran número, se vieron solos, huérfanos de un líder para arremeter con furia no imaginable sobre los recién llegados. Rumiñahui, tan importante poco antes en la guerra contra Huáscar, ahora en momentos tan cruciales, estaba ausente. Y para mal de los males, fue el acabóse cuando vieron a Calicuchima, uno de los generales de Atahualpa, llegar mansamente, confundido, abrumado y atrapado por la tropa de Hernando Pizarro.

    Las crónicas cuentan que cuando Calicuchima llegó al lugar en que se hallaba Atahualpa, la entrevista con su señor fue dramática. Terrible y respetable en tantas oportunidades, entró en el aposento, esta vez temblando, de rodillas y con la cabeza agachada, y al ver al inca preso, se le fueron las lágrimas. “Estos de Caxamarca no supieron defenderte –le dijo--; si yo hubiera estado aquí con los puruhás y los caranquis, esto no habría sucedido. El inca sonrió”, relata Benjamín Carrión en su libro “Atahualpa”.

    Llegó el día fatídico. Días antes Atahualpa le había dicho a Hernando Pizarro, “cuando te vayas me van a matar tus compañeros. No me abandones”. Ese 29 de agosto de 1533 –algunos dan otra fecha-- el rey del Tahuantinsuyo caía ajusticiado por la mano bárbara, con la venia del clérigo Valverde. “En los rincones de la plaza, como borrachos, los indios escuchaban los estertores agónicos del hijo del Sol”. El gran imperio caía en pedazos. Una raza de millones de seres humanos recibía el tajo final para que no despierte en siglos. Dicen que una mujer zarza, ante la noticia fatal, expresó: “Chaupi punchapi tutayaca”. Anocheció en la mitad del día.

César Pinos Espinoza

sábado, 26 de abril de 2014

¡MILAGRO EN EL CAJAS!

LA TOREADORA, EN EL TRÁNSITO HACIA LA LUSPA.


Es ésta, posiblemente, nuestra quinta versión sobre un hecho inexplicable sucedido hace algunas décadas, a lo mejor entre los años 67 y 70. Habíamos recibido una invitación por parte de amigos de Cuenca para participar en una excursión al Cajas, previa preparación con el fin de acordar en cuanto a lo que teníamos que llevar cada uno de los cinco. Debíamos concurrir con una mochila y los elementos fundamentales para montaña.
El día llegó. La primera etapa era trasladarnos a Sayausí en las primeras horas de la noche. Allí debíamos contratar una acémila y un guía para llevar nuestros equipajes. En ese punto durante más de dos horas se habló de todo, menos de lo fundamental, el objetivo último del paseo. A eso de la medianoche comenzamos la caminata hacia Quínoas, al comienzo en animada conversación, luego y poco a poco en silencio, tratando de llegar lo más pronto a la posada de don Lizardo Guevara. Llegamos al lugar más o menos a las cuatro de la madrugada, y como no había camas, nos tocó dormir en el suelo del zaguán, tapados cada uno con lo que había llevado. Dormir fue imposible, el frío de la madrugada era intenso y en poco tiempo vimos aclarar el nuevo día.

EL CAJAS, PARQUE RECREACIONAL.

De pronto a las seis de la mañana se escuchó el ruido de un vehículo, era un bus que venía desde Cuenca con un grupo de chicas de un colegio de internado de la ciudad, todas ellas procedentes de la Costa. Nos levantamos automáticamente y nos arreglados al apuro, ya estábamos dispuestos para recibir a las recién llegadas. Con eso estaba claro: los compañeros de la aventura habían estado previamente en conocimiento de aquel paseo. Acudimos enseguida a recibirlas y a prestarnos como guías y acompañantes. La consigna era: cada uno debía buscar su acompañante para emprender la caminata hacia la laguna. De nuestra parte hicimos lo indicado y empezamos a caminar con una de ellas. No fue difícil escoger, todas eran bellas y había que tomar su mochila, y manos a la obra, ascender, primero hasta el pie de la cuchilla que queda  a la altura de la laguna Toreadora y luego en “fila india”, lentamente, conversando de tantas cosas con la mirada en el filo de la montaña.

María (nombre supuesto) resultó ser buena caminante, y nosotros, con una edad entre 20 y 23 años y condiciones de deportistas, hicimos la dupla ideal para esa complicada empresa y siempre entre los primeros del grupo compuesto por unas 20 personas. Llegados a la cima, nos sentamos a descansar y divisar hacia oriente las lagunas y el paisaje enorme y hacia occidente la Luspa, no menos maravillosa. De allí la bajada era fácil y todo hermoso con un sol brillante y motivador. María sacó de su mochila unas naranjas y nos sentamos a chupar y conversar de muchas cosas. Me sentía feliz. Era un día espléndido y comenzaba a rondar Cupido.

TRES CRUCES, PARQUE DEL CAJAS.

Luego proseguimos por un sendero, a ratos trotando y riendo, todo en goce de la máxima armonía natural. A poco ya nos encontramos en el borde de la laguna. Todo resultó completamente fácil. Fuimos los primeros seis u ocho en llegar. El plan no podía ser más perfecto: pescar, preparar alimentos, servirnos alimentos juntos, hacer una fogata por la noche, en fin. A poco llegaron los amigos y el resto de excursionistas pero también nuestro guía con las manos vacías. ¿Qué había sucedido? La acémila que transportaba nuestras cosas se había empantanado y el hombre nos pedía que le acompañáramos para rescatar al animal y los equipajes, “allá arribita nomás”. La despedida de María fue rápida, pero recuerdo que hubo una expresión de pesimismo y preocupación en ella, y no quedaba más, le ofrecí apurarme y volver en no más de una hora. Jamás sucedió de esa forma.

Queriendo resolver el asunto lo más pronto posible -pero confieso, con una buena dosis de ingenuidad- tomé la delantera mientras mis compañeros venían lentamente y de mala gana, conversando y sin apuro alguno. Al comienzo yo les llamaba a unos cien metros de distancia para que se apuren, luego les silbaba y me respondían, pero después solo escuchaba el eco. De pronto comenzó a bajar la neblina, gritaba pero ya nadie me respondía. Sin embargo no perdía la serenidad y continuaba caminando…hasta que perdí la ruta, la espesa neblina no me permitía ver casi nada. Estaba extraviado por completo.
 

Vestía apenas un bluejean, una casaca de nylon, llevaba unos pocos cigarrillos “King”, una caja de fósforos y unos diez sucres. Mi reloj marcaba las once de la mañana. Quise volver a la laguna pero no encontraba el camino, quise ascender hacia el filo de la montaña, tampoco podía. Recordaba un incidente de unos meses atrás cuando un joven se extravío por esos mismos lugares y lo encontraron muerto tres días después, se había roto un tobillo y eso le costó la vida. Vino a mi mente que alguien dijo que en esos casos no se debe perder la serenidad, no hay que dejar de caminar, y en caso de llegar la noche no queda más que buscar un refugio pero jamás dormir, porque eso resulta fatal. Mi reloj “Invicta” marcaba las cinco de la tarde. Me quedaba poco tiempo. Me acordé de Dios, como nunca, lo había olvidado años atrás. Si oscurecía era hombre muerto y no se sabe en qué condiciones. Ya eran las seis de la tarde, el tiempo comenzó a correr rápido. Se venía la noche de forma acelerada y la neblina continuaba. De pronto, no sé por qué pero asomaron las cascaritas de naranja en el camino. Creo que un Ser Superior lo había planeado. Esas huellas me salvaron. Me aferré al camino como pude y me di cuenta de que estaba próximo a la cuchilla, a donde llegué gateando, desesperado. Del filo divisé una luz lejana, era la casa de don Lizardo.
 
Comenzó mi etapa de salvación. Iré hacia esa luz como sea, me dije. Pero no fue nada fácil: cañadas, oscuridad, trampas, ganado suelto, subidas y bajadas que a veces me impedían ver la luz, y así, despedazado, con las manos sangrantes, los codos, las rodillas, los zapatos rotos, llegué. Los perros ladraban en la entrada de la posada, me querían atacar pero salió don Lizardo y dijo no creer lo que veía. Me ofreció un jarro de café caliente y un pan. Ha vuelto a nacer, me dijo. Aquí el que  se pierde se muere. Es un milagro, exclamó. Jovencito, ha llegado un jeep y el dueño está en mi casa y ya mismo se va a Sayausí, debe regresar a Cuenca. Así lo hice y después todo quedó atrás, nadie se enteró, nadie me buscó, a nadie hice falta. Eso no importaba, lo que sí, desde entonces, todavía no comprendo por qué sucedió. ¿Hubo un propósito detrás de todo esto? Las cosas en la vida y en el mundo no suceden porque sí. Ya son muchos años y hoy flota en nuestro pensamiento la duda e incredulidad de ese milagro. Aquel día ¿qué iba a suceder? ¿Qué ha sucedido desde entonces? ¿Cómo debemos entenderlo?

César Pinos Espinoza