jueves, 24 de abril de 2014

BREVE HISTORIA DE BAHÍA Y LOS CARAS

Río Chone saliendo al mar. Puente Los Caras. Foto C.Pinos E.




  
Toma desde San Vicente. Bahía al fondo. Río Chone en su desembocadura. Foto C.Pinos E.


“El Padre Juan de Velasco, célebre Jesuita nacido en Riobamba en Enero de 1729, dice en su Historia del Reino de Quito concluida en 1789, que por el año 700 u 800 de nuestra Era, los Caras llegaron por mar a Manabí y fundaron un reino cuya capital fue Caráquez. Este reino comprendía al norte las tribus de Apesigües, Caniloas, Chones, Pasaos, Silos, Tosahuas y Hahuas, y lindaba por el sur con el reino de los Mantas, que a su vez comprendía las tribus de Apichiquies, Cancebis, Pichotas, Pacoases, Picunsis, Manabíes, Jaraguas y Jipijapas. Poco más o menos permanecieron los Caras en Manabí. No se sabe si a consecuencia de verse molestados por los gigantes que moraban de Santa Elena a Charapotó, o, lo que es más probable, por la insalubridad de la costa, resolvieron ir hacia el norte conducidos por su régulo que tenía el título de Carán “. (Antigüedad del Hombre, W. Loor 1959, pág. 46.).

Playa de San Vicente frente a Bahía. Foto C. Pinos E.

Juan de Velasco:
Esta claro que las tribus de la época no lo conocían como un reino o nombre conocido como Reino de Quito el cual es puesto por historiadores más cercanos a la colonización. El nombre que más se acerca a los estudios realizados es Quitu, que fue fundada por los Quitus luego de arrebatarlas a las tribus no muy fuertes que tenían la jurisdicción de la región, dado que los territorios de Quito estuvieron poblados más allá de la era cristiana por el 900 a.C, luego fue refundada por los Caras en una conquista dejando el nombre intacto de Quitu, y mezclando la raza a los Quitus-Caras que son la tribu que tendrían el poder hasta la invasión de un imperio creciente de las estepas del sur de los andes. Cabe resaltar que no hubo ninguna batalla épica entre el gran imperio del sur ya que los Quitus-Caras no tenían ningún motivo para tener un ejército y a lo que se dedicaban era a los estudios del cielo y la recolección de recursos. Así que Quitu fue adherido al imperio Inca y ahí paso a ser parte de un imperio y a ser gobernado por un emperador.


Fue fundado por los Caras quienes, luego de desembarcar en las costas de Manabí, conducidos por Carán subieron hacia la cordillera y tras dominar a los Quitus, se asentaron en la región y establecieron su poblado principal en donde hoy se levanta la ciudad de Quito. Sus habitantes, llamados Quitus, eran atrasados y débiles, formaban un reino al parecer pequeño y mal organizado, por lo que no pudieron oponer una resistencia vigorosa a los invasores, y fueron fácilmente vencidos y subyugados por ellos.
La extensión territorial se limitaba en Quito y sus alrededores, un cuadro de 50 leguas de oriente a poniente y de norte a sur entre las dos Cordilleras de los Andes luego de la conquista Caranqui las razas se mezclaron creando a los Quitus-Caras o más conocidos como Shyris. (Historia del Reino de Quito en la América meridional)

Salida del río Chone al mar. Foto C. Pinos E.

Para el historiador Padre Juan de Velasco, los Caras fueron los primeros pobladores que llegaron a las costas ecuatorianas que originariamente se habría asentado en Bahía de Caráquez (Manabí) ascendieron y navegaron por el río Esmeraldas y luego de trasponer la cordillera habrían dominado a los Quitus. Las investigaciones arqueológicas realizadas en algunos lugares, particularmente en la Tolita han establecido que en la región de Esmeraldas existieron culturas muy antiguas como la Valdivia y Chorrera que pueden tener una antigüedad de 3.000 años a.C. Fueron otros, naturalmente, los pobladores que conocieron los españoles cuando llegaron a estas costas desde Panamá. Otras tribus fueron los Atacames, Cayapas. González Suárez escribe que las tribus que poblaron la provincia no fueron dominadas por la invasión de los incas y permanecieron autónomas en sus vastos territorios.

César Pinos Espinoza.

jueves, 17 de abril de 2014

Las Malvinas, un año después. Por: Gabriel García Márquez




Un soldado argentino que regresaba de las Islas Malvinas al término de la guerra llamó a su madre por teléfono desde el Regimiento I de Palermo en Buenos Aires y le pidió autorización para llevar a casa a un compañero mutilado cuya familia vivía en otro lugar. Se trataba —según dijo— de un recluta de 19 años que había perdido una pierna y un brazo en la guerra, y que además estaba ciego. La madre, feliz del retorno de su hijo con vida, contestó horrorizada que no sería capaz de soportar la visión del mutilado, y se negó a aceptarlo en su casa. Entonces el hijo cortó la comunicación y se pegó un tiro: el supuesto compañero era él mismo, que se había valido de aquella patraña para averiguar cuál sería el estado de ánimo de su madre al verlo llegar despedazado.

Esta es apenas una más de la muchas historias terribles que durante estos últimos doce meses han circulado como rumores en la Argentina, que no han sido publicadas en la prensa porque la censura militar lo ha impedido, y que andan por el mundo entero en cartas privadas recibidas por los exiliados. Hace algún tiempo conocí en México una de esas cartas, y no había tenido corazón para reproducir algunas de sus informaciones terroríficas. Sin embargo, revistas inglesas y norteamericanas celebraron este dos de abril el primer aniversario de la aplastante victoria británica, y me parece injusto que en la misma ocasión no se oiga una voz indignada de la América Latina que muestre algunos de los aspectos inhumanos e irritantes del otro lado de la medalla: la derrota argentina. La historia del joven inválido que se suicidó ante la idea de ser repudiado por su madre, es apenas un episodio del drama oculto de aquella guerra absurda.

Ahora se sabe que numerosos reclutas de 19 años que fueron enviados contra su voluntad y sin entrenamiento a enfrentarse con los profesionales ingleses en las Malvinas, llevaban zapatos de tenis y muy escasa protección contra el frío, que en algunos momentos era de 30 grados bajo cero. A muchos tuvieron que arrancarles la piel gangrenada junto con los zapatos y 92 tuvieron que ser castrados por congelamiento de los testículos, después de que fueron obligados a permanecer sentados en las trincheras. Sólo en el sitio de Santa Lucía, 500 muchachos se quedaron ciegos por falta de anteojos protectores contra el deslumbramiento de la nieve.

Con motivo de la visita del Papa a la Argentina, los ingleses devolvieron mil prisioneros. Cincuenta de ellos tuvieron que ser operados de las desgarraduras anales que les causaron las violaciones de los ingleses que los capturaron en la localidad de Darwin. La totalidad debió ser internada en hospitales especiales de rehabilitación, para que sus padres no se enteraran del estado en que llegaron: su peso promedio era de 40 ó 50 kilos, muchos padecían de anemia, otros tenían brazos y piernas cuyo único remedio era la amputación, y un grupo se quedó interno con trastornos psíquicos graves.
 
“Los chicos eran drogados por los oficiales antes de mandarlos al combate”, dice una de las cartas de un testigo. “Los drogaban primero a través del chocolate, y luego con inyecciones, para que no sintieran hambre y se mantuvieran lo más despiertos posible”. Con todo, el frío a que fueron sometidos era tan intenso que muchos murieron dormidos. Tal vez fueron los más afortunados porque otros murieron de hambre tratando de extraer la pasta de carne que se petrificaba dentro de las latas. En este sentido, mucho es lo que se sabe sobre la barbarie de la logística alimenticia que los militares argentinos practicaron en las Malvinas. Las prioridades estaban invertidas: los soldados de primera línea apenas si alcanzaban a recibir unas sardinas cristalizadas por el hielo, los de la línea media recibían una ración mejor, y en cambio los de la retaguardia tenían a veces la posibilidad de comer caliente.
 
Frente a condiciones tan deplorables e inhumanas, el enemigo inglés disponía de toda clase de recursos modernos para la guerra en el círculo polar. Mientras las armas de los argentinos se estropeaban por el frío, los ingleses llevaban un fusil tan sofisticado que podía alcanzar un blanco móvil a 200 metros de distancia, y disponían de una mira infrarroja de la más alta precisión. Tenían además trajes térmicos y algunos usaban chalecos antibalas que debieron ocasionarles trastornos mentales a los pobres reclutas argentinos, pues los veían caer fulminados por el impacto de una ráfaga de metralla, y poco después los veían levantarse sanos y salvos y listos para proseguir el combate. Las tropas inglesas estaban una semana en el frente y luego una semana a bordo del “Canberra”, donde se les concedía un descanso verdadero con toda clase de diversiones urbanas en uno de los parajes más remotos y desolados de la Tierra.

Sin embargo, en medio de tanto despliegue técnico, el recuerdo más terrible que conservan los sobrevivientes argentinos es el salvajismo del batallón de “gurkhas”, los legendarios y feroces decapitadores nepaleses que precedieron las tropas inglesas en la batalla de Puerto Argentino. “Avanzaban gritando y degollando”, ha escrito un testigo de aquella carnicería despiadada. “La velocidad con que decapitaban a nuestros pobres chicos con sus cimitarras de asesinos era de uno cada siete segundos. Por una rara costumbre, la cabeza cortada la sostenían por los pelos y le cortaban las orejas”. Los “gurkhas” afrontaban al enemigo con una determinación tan ciega que de 700 que desembarcaron sólo sobrevivieron setenta. “Estas bestias estaban tan cebadas que una vez terminada la batalla de Puerto Argentino, siguieron matando a los propios ingleses hasta que éstos tuvieron que esposar a los últimos para someterlos”.

Hace un año, como la inmensa mayoría de los latinoamericanos, expresé mi solidaridad con Argentina en sus propósitos de recuperación de las Islas Malvinas, pero fui muy explícito en el sentido de que esa solidaridad no podía entenderse como un olvido de la barbarie de sus gobernantes. Muchos argentinos e inclusive algunos amigos personales, no entendieron bien esta distinción. Confío, sin embargo, en que el recuerdo de los hechos inconcebibles de aquella guerra chapucera nos ayude a entendernos mejor. Por eso me ha parecido que no era superfluo evocarlos en este aniversario sin gloria. Como nunca me parecerá superfluo preguntar otra vez y mil veces más —junto a las madres de la Plaza de Mayo— dónde están los ocho mil, los diez mil, los quince mil desaparecidos de la década anterior.

El Espectador.