miércoles, 11 de diciembre de 2013

Los kawésqar, kawashkar o alakalufes, fueguinos primitivos





Eran un grupo indígena de la zona austral de Chile, compuesto por nómades canoeros que recorrían los canales de la Patagonia occidental, entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes; también se desplazaban por los canales que forman las islas que quedan al oeste de la Isla Grande de Tierra del Fuego y al sur del estrecho. Su idioma era el kawésqar, nombre con el que ellos se autodenominaban. En su idioma, esta palabra significa "persona" o "ser humano". El nombre alacalufe originalmente puede haber tenido una intención despectiva y ellos no lo usaban. Hay dos hipótesis sobre su llegada a los lugares de poblamiento. Una, que procedían del norte siguiendo la ruta de los canales chilotes y que atravesaron hacia el sur cruzando el istmo de Ofqui. La otra es que procedían desde el sur y a través de un proceso de colonización y transformación de poblaciones cazadoras terrestres procedentes de la Patagonia Oriental poblaron las islas del estrecho de Magallanes y subieron por los canales patagónicos hasta el golfo de Penas.



El área que ocupaban para sus desplazamientos era enorme, pero se puede decir que giraban alrededor de dos puntos. Uno en la ribera sur del estrecho de Magallanes, en la isla Clarence y el otro en la parte sur del golfo de Penas en el islote Solitario en el archipiélago de las Guaitecas. La causa de esta focalización fue la obtención del fuego. Los kawésqar necesitaban el fuego para calentarse y con el pasar de los siglos descubrieron estos dos puntos donde había pirita de hierro, mineral con el que lograban las chispas necesarias para encenderlo. Los antecesores de los kawésqar llegaron a su área de nomadismo hace unos 6000 años. En el siglo XVI cuando establecieron sus primeros contactos con el hombre blanco, se estima que eran unas 2500 a 3000 personas. A fines del siglo XVIII comenzaron a llegar a la zona una gran cantidad de barcos balleneros y loberos, especialmente de nacionalidad inglesa y estadounidense. A contar de esta época empezaron a contraer las enfermedades que pronto los llevarían a su declinación numérica. Los europeos, desde su primer contacto, consideraron a los indígenas patagónicos como salvajes dignos de estudio. A partir de 1871 comenzó la exhibición de indígenas vivos en ciudades europeas y norteamericanas, costumbre que cesó a comienzos del siglo XX. Familias completas de las etnias kawésqar, yagán, selknam y mapuche fueron exhibidas en Francia, Inglaterra, Bélgica y Alemania. Llegaban por encargo de sociedades científicas y por comerciantes que lucraban con su exhibición al público. Los viajes duraban entre 4 y 6 meses y en ellos los indígenas solían enfermar y morir. Estos hechos se detallan en el libro de Christian Báez y Peter Mason: Zoológicos Humanos



A fines del siglo XIX misioneros salesianos obtuvieron la concesión de la isla Dawson donde establecieron una misión con el propósito de evangelizar, “proteger y cuidar” a los indígenas de la zona, con ello comenzó el proceso de transformación de su vida nómada en sedentaria y el cambio de sus hábitos ancestrales, como la vestimenta, dejando de usar el aceite de lobo marino y la capa que los protegía del agua de la lluvia y del frío, debiendo usar ropa occidental, la que al estar permanentemente húmeda les trajo nuevas enfermedades. En 1900 se estimaba una población de 1000 kawésqar la que 1924 había descendido a 250.

En 1937 el Gobierno chileno, mediante la Fuerza Aérea de Chile estableció una estación en Puerto Edén. Su primer jefe fue el sargento Carlos Gaymer Gómez, quien llegó con su esposa Raquel Verdugo Rojas y su suegra Matilde Rojas. El sargento Gaymer y su familia permanecieron en Puerto Edén hasta abril de 1950 en forma ininterrumpida, la señora Matilde falleció en 1949 y fue sepultada en el cementerio de Puerto Edén. Durante estos 12 años la familia dedicó sus esfuerzos a educar y capacitar a los kawésqar que llegaron a vivir alrededor del puesto. La familia Gaymer Verdugo durante ese período adoptó a dos niños: Ana Rosales Ulloa y a Carlos Edén Maidel, Peteyem, que en 2009 residía en Nueva York, Estados Unidos.



A finales del año 1940, el gobierno autorizó que un joven kawésqar de 10 años de edad que destacaba por su vivacidad e inteligencia, con la autorización de sus padres, fuera trasladado a Punta Arenas para estudiar bajo la tutela de los sacerdotes salesianos. El presidente de la república Pedro Aguirre Cerda supo de este caso y decidió apadrinar a Lautaro Edén Wellington, Terwa Koyo y dispuso que fuera trasladado a Santiago para terminar su enseñaza de humanidades. Lautaro en 1947 entró a la Escuela de Especialidades de la Fuerza Aérea. En 1948 contrajo matrimonio con la enfermera Raquel Toro Vilches y en 1949 regresó con el grado de cabo 2º mecánico, siendo destinado a la estación de Puerto Edén. Terwa Koyo viajó sin su esposa y al encontrarse entre su pueblo, comenzó a tratarlos como una tropa, mandándoles hacer ejercicios militares y trabajos de acarreo de tierra, cosa que ellos aceptaron de buen grado, pues habían llegado a admirarlo. A los pocos meses desertó regresando a la vida nómada de sus antepasados. Prácticamente toda la población joven de Puerto Edén lo siguió. Lautaro falleció en 1953 al hundirse su chalupa. Fue una persona admirada por sus compañeros. Por esa misma época, frecuentaban la zona loberos chilotes, quienes en muchas ocasiones cometieron asesinatos, violaciones y secuestros de kawésqar. En 1992 había unos 60 indígenas que vivían en Punta Arenas y la mayor parte en Puerto Edén. En el 2000 se estimaba que no quedaban más de 17 kawésqar puros. Existen unas quince personas que se consideran pertenecientes a este pueblo. A lo largo del tiempo han experimentado una profunda transformación cultural y social. Actualmente, su lengua y sus tradiciones han disminuido mucho, llegando a temerse su desaparición definitiva. La muerte el 26 de octubre de 2003 de Jérawr Asáwer —rebautizada como Fresia Alessandri Baker—, recibió cobertura de la prensa, como un ejemplo de la disminución poblacional de este pueblo. El 5 de agosto de 2008, falleció Alberto Achacaz Walakial, de 79 años aproximadamente, el más anciano de los kawésqar sobrevivientes.


Organización social

La unidad base era la familia, la que se desplazaba sola en su canoa en búsqueda de su alimento, ocasionalmente se agrupaban dos o tres familias para tareas específicas. Cuando estaban en tierra hacían una choza muy liviana con armadura de madera, roble o canelo la que era cubierta con pieles de foca o nutria. La canoa era la pieza más importante y apreciada de su patrimonio material. Era fabricada con cortezas, preferentemente de coigüe. Su longitud era variable, entre 8 ó 9 metros y en ella podía acomodarse una familia. La canoa era además de un medio de transporte una verdadera vivienda flotante, pues en ella pasaban buena parte del tiempo. En el siglo XX y por influencia de los loberos chilotes, empezaron a construir canoas de un tronco ahuecado, a semejanza de los bongos de Chiloé.
Creían en un ser bueno, Alep-láyp o según otros Arca kercis, espíritu bueno al cual le daban gracia cuando a causa de un naufragio recibían copioso alimento y herramientas de fierro o cuando una ballena se varaba en una playa a morir. Ayayema, el espíritu del caos; Kawtcho, es el espíritu rondador de la noche y Mwomo espíritu del ruido, el que produce las avalanchas de nieve. Se alimentaban de lobos marinos, focas y nutrias. Eventualmente de ballenas que encontraban varadas en una playa, lo que daba ocasión para que se reunieran por varias semanas y a veces meses, varias familias. El aprovechamiento de carne varada se da también en otras tribus de la zona como por ejemplo los Selk'nam, también conocidos como Onas. Trabajaban la piedra, la madera, los huesos y nervios de ballena, las conchas de los mariscos y las pieles de nutria y foca. Con estos elementos confeccionaban flechas, arcos, hondas, arpones y cuchillos para trabajar los troncos con los que fabricaban sus canoas. Con fibras vegetales y de los animales fabricaban cestos y canastillos. El metal sólo lo conocieron por su contacto con el hombre blanco. Los alacalufes vivían en el actual territorio chileno, pero debido a la cercanía, ocasionalmente se hallaban en un sector fronterizo de la Argentina, entre el lago Fagnano y la cordillera de los Andes fueguina. No establecieron asentamientos permanentes en esos territorios, pero las razones principales de su ocasional presencia allí, tal vez debieron ser por motivo del comercio con los onas, tehuelches y yámanas (con estos últimos también establecieron algunos lazos familiares). La bibliografía argentina frecuentemente incluye a los alacalufes entre los pueblos originarios de su territorio, sin embargo, su presencia en él fue sólo transitoria.
 
Se alimentaban de nutrias, huemules, mariscos, peces, aves, plantas, semillas, y focas; animales de los que también aprovechaban sus pieles para vestirse y, sus huesos para fabricar diversas herramientas, como arpones y cuchillos. La familia, conformada muchas veces por más de una esposa, se trasladaba en canoas transformadas en precarias habitaciones. En el centro de ella guardaban implementos de pesca, caza o marisqueo, y además, mantenían el fuego, el cual los ayudaba a protegerse del frío, servía de señal para no chocar con otras canoas y, permitía calentar los alimentos que conseguían principalmente del mar. Las labores de los hombres y mujeres eran muy distintas. Los hombres se dedicaban a la caza de animales, aves marinas y peces, para lo cual construían herramientas como los arpones con huesos y piedras; y, los cuchillos hechos de conchas de choros gigantes y piedras, hondas de cuero, arcos de palo y cuero de animales. Además, construían canoas con cortezas de roble de una sola pieza, la que generalmente medía aproximadamente cinco metros de largo por uno de ancho. Las mujeres se encargaban de los hijos, de mantener el fuego y manejar las canoas. Cuando estaban en tierra firme recolectaban vegetales o raíces, y asaban al palo los animales que hubiesen cazado los hombres. En el mar, eran ellas quienes se sumergían en las heladas aguas para extraer mariscos los cuales comían crudos. La región era muy dura. Había mucho viento, lluvia y nieve, por lo que sus ropas eran confeccionadas con pieles de animales (lobos marinos y focas) y también, hechas con lana de huemules para poder soportar las heladas. Los alacalufes, hombres de estatura pequeña, se caracterizaban por poseer un rostro grande y alargado, con pómulos abiertos. Sus ojos eran grandes y expresivos, y su piel morena. Fueron un pueblo de costumbres monogámicas y creían en la vida después de la muerte. Creían en un ser superior Ayayema, creador y controlador de las fuerzas de la naturaleza. (Fuente: Wikipedia).

jueves, 5 de diciembre de 2013

Mujeres patriotas, amantes y semillas




En la madrugada del 3 de diciembre de 1820 el batallón Numancia se pasó íntegro a las filas patriotas. Los líderes que hicieron posible esta defección fueron los capitanes Tomás Heres y Ramón Herrera y los tenientes Pedro Guash y Pedro Izquierdo, oficiales del citado batallón. Estos y otros jefes habían sido seducidos por la propaganda patriota y con ello se hizo posible tan gran suceso. Se sabe que en esta labor de seducción tuvieron destacada actuación varias damas peruanas, sobre todo Carmen Noriega, Gertrudis Coello, Carmen Guzmán, Hermenegilda y María Simona Guilsa y Rosa Campuzano. Carmen Guzmán era la propietaria de una fonda donde alojábanse y comían los oficiales del Numancia. Este hecho facilitó la labor de ganar a la causa patriota a los oficiales de Numancia, que con frecuencia se encontraban en la mencionada fonda.   

La señora Juana Garaicoa Llaguno viuda de Camba murió en 1834 a los 60 años y legó a la posteridad una imagen de modesta y practicante “de todas las virtudes cristianas”, enunciación que se imprimió en el epitafio: “La dulzura de su carácter, su humildad, su piedad, su caridad, su ternura maternal solo pueden compararse al dolor de sus desgraciados hijos, que ni esperan ni quieren en la tierra más consuelo que vivir siempre inconsolables”.

Manuela Cañizares, quien recibió el seudónimo de “mujer fuerte”, “tanto por el influjo que ejercía sobre los principales corifeos, especialmente con Quiroga, como por la serenidad de su ánimo, y por el varonil esfuerzo con que animaba a la empresa a los que manifestaban algún temor o desconfianza”; y Manuelita Sáenz, a quien “el tuerto” Calle la definió como “mujer de grande ánimo y varonil resolución”. Las guayaquileñas se involucraron decididamente en las luchas independentistas organizando reuniones conspirativas, elaborando materiales para la soldadesca e incluso, contribuyendo con su peculio a la tarea libertadora, como Josefa Rocafuerte de Lamar, hermana de Vicente Rocafuerte, que hizo un donativo de 500 pesos “para los fondos destinados a la campaña de Perú”

Manuela Sáenz, Baltazara Terán, Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos, María Donoso Larrea, entre otras, son ciertos nombres de las mujeres que participaron activamente en la gesta independista, apoyando a los soldados bolivarianos para entregar a América una nación independiente y soberana. Tomasa Bravo, una hermosa mulata oriunda del Yaguachi de inicios del siglo 19, es ahora reconocida históricamente como otra de las protagonistas indirectas de la campaña patriótica por la independencia, que tuvo su punto culminante un día como hoy en las faldas del Pichincha, donde se selló la libertad de lo que ahora es el Ecuador.
Y es que de su romance con el general Antonio José de Sucre, durante la primera estadía de este a cargo del Cuartel General en Guayaquil (entre 1821 y 1822), Tomasa trajo al mundo una niña, en abril de 1822, a la que se le puso por nombre Simona, coincidencia o no, un femenino poco común del nombre del mentor y padre militar del prócer venezolano, el Libertador Simón Bolívar.

Muy joven y por circunstancias que no se han podido precisar, Tomasa Bravo falleció en 1825, y al enterarse, el Mariscal le envía desde Bolivia una carta al coronel Vicente Aguirre, en Quito, a quien le solicita que se haga cargo de la niña y cubra todos sus gastos. En su misiva, Sucre le dice a Aguirre: "Abuso de la amistad de usted, para rogarle que me haga llevar esta niñita a Quito y la ponga en una casa en que la críen y la eduquen con mucha delicadeza y decencia, la enseñen cuanto se pueda a una niña y en fin, me la haga tratar tan bien como espero de usted". De la pequeña Simona y lo que fue luego su vida, se sabe muy poco. Se cree que ingresó a un convento para convertirse en religiosa, lo cual significaría que con ella terminó esa descendencia del Mariscal. Pero en Guayaquil quedan algunos rasgos: Simona fue bautizada en la catedral por el padre Fray Alipio Laram el 20 de abril de 1822. Es decir, poco más de un mes antes de que su célebre padre lidere a las tropas en las faldas del Pichincha, declarando libre del mando español este territorio, para anexarlo definitivamente a la Gran Colombia que diseñaba Bolívar. El documento del bautizo de Simona permanece en el archivo de la catedral de Guayaquil, libro 17, folio 7. En 1822 posterior al triunfo de Pichincha, el militar venezolano conoce a Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, de 17 años de edad, con quien se casa el 20 de abril de 1828.

En julio de 1829 nació Teresa, hermana quiteña de Simona, quien para entonces ya tendría 7 años. Pero Teresa murió a los 2 años de edad al caer accidentalmente -algo que se ha cuestionado- del balcón de su casa, ya cuando el heroico padre de ambas no estaba: había sido asesinado en Berruecos, en junio de 1830. Simona y Teresa, sin embargo, tuvieron hermanos en Bolivia, hasta donde Sucre llegó con el ejército libertador y país del que fue Presidente y cuya capital histórica lleva su nombre. Sucre conoció allá a Rosalía Cortés y Silva, aristócrata de La Paz, con la cual tuvo un hijo -enero de 1826- que fue bautizado con el nombre de José María. Tras un fugaz paso por la carrera militar, este se retiró a la vida privada. Tuvo 11 hijos. En Tarija, también en Bolivia, el Mariscal tuvo otro romance con María Manuela Rojas, fruto de lo cual nació, el 7 de junio de 1828, su hijo Pedro César Sucre. El hijo de Pedro César se llamó Julio César y tuvo dos hijos más, que a la postre se convirtieron en los bisnietos del prócer.

Fuente: Alfonso Rumazo González, Rodolfo Pérez Pimentel y Arturo Costa de la Torre.